La Conferencia del Partido y el miedo al cambio

Por Miguel Saludes

La conferencia del Partido Comunista de Cuba finalizó sin dar pasos reformistas en la dirección política y que algunos pronosticaban podrían acontecer en este marco. La reunión a puertas cerradas solo permitió un atisbo de los puntos tratados por los delegados y la dirigencia partidista. Lo que es comprensible para una entidad que analiza cuestiones internas resulta discutible cuando se trata del organismo que controla cada detalle de la vida de un país y se reúne para decidir sobre ellos.

Los asistentes al encuentro debieron basar sus discusiones en un extenso material de criterios, ideas y deseos aportados por la población en los debates organizados en centros de trabajo, estudios o vecindarios durante el año 2011. Las opiniones vertidas no trascendieron el ámbito del cónclave. Quedaron a discreción de la institución en un mal llamado ejercicio de democracia por el que un reducido grupo representando a una masa militante, que apenas se corresponde con el 9 por ciento de la población, decidió sobre las aspiraciones y frustraciones de la gente sin exponer públicamente cuales eran estas. Nuevamente el poder absoluto impuso su veto sobre la libertad de opinión de la gente.   

Mayor inyección de mujeres, negros y jóvenes vuelve a aparecer entre las metas trazadas por la conferencia. La propuesta, presente desde hace años en la agenda de los comunistas cubanos como un aspecto a perfeccionar, ofrece dos lecturas sobre las deficiencias de la organización que debe hacer constantes llamados para aumentar la cuota de membrecía basado en cuestiones de género, raza o edad. O bien se trata de serios problemas de prejuicios no superados o de una superficial manera de engrosar las filas con estadísticas y no con la capacidad de los que se integran, independientemente de su sexo o color de la piel.

El aspecto novedoso se produjo bajo la propuesta de dos períodos presidenciales de cinco años cada uno, que podría verse como un límite a los mandatos y la preparación para el inminente recambio generacional. El cinismo del hecho radica en que este paso se dispone cuando los gobernantes absolutos están en franca retirada tras disponer del poder ilimitado por medio siglo.

Lo que si quedó  claro en las palabras conclusivas del actual secretario general del PCC y gobernante de Cuba Raúl Castro es que el único paso que no se puede esperar es la apertura a un espacio que permita reformas políticas y mucho menos que el único establecido deje lugar a otros partidos.

La justificación esgrimida asume la imposibilidad de dar marcha atrás a lo que se califica de proceso político integrador. A esto se agrega la excusa del enemigo. Permitir la existencia de organizaciones con otras corrientes ideológicas o colores políticos sería dejar las puertas abiertas al imperialismo y a la contrarrevolución. Un paquete que sirve para incluir diferencias de ideas, conceptos, puntos de vista o a quien no rinda su incondicionalidad al gobierno comunista cubano incapaz de distinguir matices. Una conclusión que deja en posición incómoda a sus amigos socialistas que hacen carrera en las democracias de otras fronteras.

La preservación de la unidad del pueblo cubano es otro de los pretextos utilizados para exponer el peligro que significa abrir las puertas a la democracia política. Si alguien ha dividido con mayor eficacia a los cubanos es el propio sistema de partido único, vigente en la isla caribeña durante estos cincuenta años. Es ese régimen el que ha separado a la familia cubana por diferencias de ideología o simplemente por tomar la decisión de irse al extranjero. Ese mismo partido que se erige en fiel velador de la unidad nacional es el que instrumentó el método de apartar de la vida cívica y laborar a los que se desviaron de la ruta rectamente establecida, donde unidad era equivalente a rigidez y asentimiento sin discrepancias a sus postulados como si de verdades divinas se tratase.

Todavía quedaba otro argumento para justificar el discurso inmovilista. Es el que recurre a la manipulación martiana para avalar una idea tan contraria a los anhelos del Apóstol respecto a libertades y democracia. La fórmula se logra con la fragmentación de las frases pronunciadas por Martí y el paralelismo absurdo entre el partido que aquel fundó y el que hoy se impone de manera absoluta en Cuba. Las expresiones martianas  en segmentos sacados de su contexto original aparecen en el texto del discurso del general apoyando su razonamiento. “Con el fin de organizar la lucha por la independencia de Cuba y Puerto Rico concibió Martí la creación de un solo partido político, el Partido Revolucionario Cubano, según sus propias palabras: “Para fomentar la revolución de modo que puedan entrar en ella… todos los cubanos de buena voluntad…todos los que amen a Cuba, o la respeten“.

Es evidente el desenfoque del ideario martiano que inspiró a miles de compatriotas en la manigua, en las ciudades y en las montañas de Cuba bajo la consigna de forjar una patria con todos y para todos. Un concepto verdaderamente integrador desde la diversidad del pensamiento y el criterio político. Algo que enriquece cuando se ejerce con sabiduría en democracia plena.

La simulación, el oportunismo, la falsa unanimidad y el formalismo que Castro pidió  superar en su intervención de clausura en la Conferencia del Partido solo pueden superarse desde esa lógica integradora en democracia. Una puerta que el gobierno cubano se niega a abrir tal vez por el miedo real e inconfesable a que por ella accedan esos mismos obreros y estudiantes, incluso muchos militantes del partido, que se mantienen “unidos” por fatalismo y sin posibilidades de optar. Es ese temor a las fuerzas liberadas de la sociedad la causa que mantiene el atrincheramiento del poder totalitario establecido en Cuba a la sombra del Partido Comunista.

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