La violencia como remedio casero.

Por Raúl Rivero.
El gobierno cubano, empujado por la vida, los adelantos técnicos, el fracaso del socialismo y la esperanza de cambios que estremece la sociedad, ha hecho amagos para privatizar el marabú y el dulce de guayaba. Pero no está dispuesto, sin embargo, a perder la calle. Prefiere que cualquiera de los ciudadanos de ese país pierda la vida.Lo acaba de demostrar con la condena a cuatro años al joven opositor Wilman Villar Mendoza por participar en una protesta cívica en su pueblo natal, Contramaestre. Y con la desidia y la crueldad que siguieron después, en la prisión santiaguera de Aguadores, las alternativas de la salud del prisionero que se declaró en huelga de hambre en protesta porque consideraba una farsa el proceso arbitrario y amañado que le siguieron. Es una obsesión teatral y enfermiza que se basa en una represión sin punto final.

Como si el dolor se pudiera contar o confinarse se ha militarizado una zona de la región oriental del país y, para que la oposición no pueda expresar en público su pena por la muerte de Villar. Han encarcelado a decenas de hombres y mujeres, organizaron mítines de repudio y apedrearon casas de activistas pacíficos, le propinaron palizas a varios activistas y la descripción de un testigo del pueblo de Contramaestre recuerda una postal de guerra: “Más militares que transeúntes, más carros patrulleros que transporte público… Un ambiente de temor en la población”. Los que están en el poder saben que los grandes sectores de la población se quieren liberar y que cada día se extiende más el movimiento de protesta y desafío. Es en el temor al contagio, el miedo al poder de los reclamos y las exigencias de transformaciones reales y de calado, donde reside la esencia de esa vocación represiva, esa dedicación a encarcelar las voces altas y a presenciar como un paisaje de paz y estabilidad las esquinas llenas de policías y los calabozos atiborrados de demócratas. Esas acciones brutales y soberbias tienen puesto su punto de mira (sin metáfora) en las Damas de Blanco, en los opositores que le han dado una nueva temperatura a las reacciones sociales en Matanzas, Santa Clara y Oriente, en el periodismo independiente y en los cubanos que trabajan a pecho descubierto por adelantar la llegada de un proceso democrático, plural con espacios para todos. A la hora de proceder contra esos hombres y mujeres que luchan en las bases, se quedan mudas en las carteras de los funcionarios y sin valor en los pupitres de sus aliados en el exterior, las mediocres medidas de corte aperturista en una franja de la economía, las amnistías, los comunicados amistosos y los mensajes a gobiernos democrático. La violencia implacable aplicada para acallar a esos grupos de opositores pacíficos enseña que los poderosos no quieren perder nada. Ni la calle, ni las avenidas, ni los palacios, ni los palacios donde han dejado sin cuerdas todos los relojes.

Fuente: El Nuevo Herald

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