Malas experiencias de una mula improvisada encienden la luz de alarma.

Por Miguel Saludes.
El último viaje de Nora a Cuba en diciembre no estaba en sus planes. Se produjo de manera imprevista por una emergencia familiar surgida en un tiempo poco propicio para este tipo de salidas. La solución llegó por vía de una agencia de envíos de paqueterías que utiliza a viajeros dispuestos a cargar con la pesada carga para destinatarios ajenos. Una opción que permite hacer viajes cortos y frecuentes sin pagar el costo del pasaje. A veces, como en este caso, es la alternativa salvadora en momentos de apuro. No era la primera vez que Nora utilizaba este medio para frecuentar a sus seres queridos en la cercana Isla. Aunque ella no es una mula profesional, de esas que prácticamente ya acumulan mas horas de vuelo sobre el estrecho de la Florida que quienes suelen hacer rutas interoceánicas. La necesidad y las complejidades de las relaciones entre los gobiernos de países tan cercanos y con nexos tan profundos entre sus pueblos hacen que la gente resuelva la situación a su manera.

Este tipo de faena se hace compresible desde la posición de los que permanecen ajenos a cuestiones de enfrentamientos políticos e ideológicos y que apuestan por asuntos más trascendentales como los nexos de sangre, sentimentales o culturales. Incluso lo justifica el pragmatismo innato que impele al comercio y los negocios. Pero algunos detalles de una particularidad pueden resultar preocupantes en el desarrollo inmediato y futuro de la generalidad. De algunos de esos pormenores escuché por boca de Nora en una crónica repleta de humor donde algunos cuadros pintorescos y risibles obligan a la reflexión seria.Nora volvió de su corta estancia de una semana con un tremendo problema emocional y nervioso. Las situaciones que confrontó en su accidentada visita le han hecho meditar sobre la posibilidad de volver a repetir la experiencia que en esta ocasión estuvo salpicada de aspectos extraños y poco claros. El primer encontronazo fue la adición sin previo aviso de un paquete de última hora, anexado a los equipajes de mano por el agente de viaje que acudió a despedir a Nora. El añadido se completó con dos voluminosos pañales para adultos, según rezaba en el envoltorio.Ya en el salón Nora conoció a algunos de sus acompañantes de viaje: una señora de apariencia octogenaria que hacia las funciones muleras con un despiste magistral y una pareja de jóvenes cuya conversación sorprendió a mi amiga por la dureza del diálogo. La muchacha con evidentes muestras de cansancio era sermoneada por su compañero quien trataba de levantarle el ánimo exponiendo las bondades de una actividad que prevenía de alternativas menos deseables, como la droga. Es esto o lo otro. Yo no vine aquí a trabajar. La rotundez de la aseveración horrorizó a Nora.La espera propició mayor necesidad de la conversación que puso al corriente a la viajera sobre las dificultades y artimañas que vencen algunos de estos mercaderes circunstanciales. El pecado de la indiscreción, común en los corros de conversadores aburridos que ponen sus intimidades al descubierto ante la presunción de la complicidad solidaria, dio nuevos motivos de espanto a Nora. Ella escuchó con consternación de cierto tráfico de aves exóticas cubanas que son traídas a la otra orilla sin necesidad de tramites migratorios o cartas blancas expedidas a su favor. Según el locuaz interlocutor varios miembros de la avifauna insular- presumiblemente cotorras, tomeguines, azulejos, entre otros- son adormecidos con sedantes y luego sostenidos de alguna manera al cuerpo de sus trasladadores que logran burlar las pesquisas aduanales.Con el aterrizaje esperaban nuevas desazones a Nora. Las produjo un equipaje sin etiquetar cuyo contenido había pasado por comida. Todo apuntaba a un registro inquisitivo y posiblemente a una requisa. La situación fue salvada gracias a la mediación de uno de los compañeros de equipo quien acudió en inesperado auxilio de Nora para certificar con su palabra la calidad del paquete. -Oye eso es comida. Después te doy tu parte. El sortilegio sirvió para que el oficial olvidara sus reclamos.Finalmente Nora pudo entregar la carga. Pero todavía le quedaba otra prueba a su regreso al ser enterada de que tendría que llevar tres mil dólares, aparentemente fruto ganancial de un anterior envío. Fue demasiado para Nora. Asegura que no volverá a repetir la experiencia. Si su familia quiere verla tendrá que esperar al soplo de mejores aires en su economía personal que permitan hacer un viaje de manera regular. Varias cosas se desprenden de lo ocurrido en este periplo fortuito. Preocupantes en un avistamiento de lo que puede traer de negativo para el devenir de la sociedad cubana. La corrupción galopante en ambos sentidos, un trafico donde los escrúpulos quedan relegados a lo más recóndito y que incide en renglones tan delicados como la conservación de la fauna o en la generación de una mentalidad facilista de resolver como sea, adaptada ahora a nuevas realidades donde la droga, su consumo y tráfico, la prostitución o el contrabando, pasan a ser adoptados como un mecanismo natural por parte de un grupo en crecimiento que busca el dinero fácil.El apoyo incondicional a la conexión entre pueblos, la apertura de los viajes e intercambios y el envío de remesas y artículos que contribuyan a mejorar la vida de los que viven en Cuba, incluyendo los medios que sirven para incrementar la mentalidad económica de la libre empresa, no pueden desviar la mirada sobre un medidor importante. Y este comienza a apuntar de manera alarmante en la dirección de esos aspectos que ya asoman en el horizonte y que convienen suprimir a tiempo para la salud de la Cuba que queremos.

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