Cuba 2012.

Por Ariel Hidalgo.
No parece aventurado predecir que éste es un año decisivo para Cuba. La cuestión no es ya si se cambia o no, sino cómo. Y la ya evidente renuencia de la dirigencia histórica a llevarlo a cabo, deja un campo sembrado de incertidumbres… y de peligros.Después del VI Congreso en la que algunos depositaban sus últimas esperanzas, vino el tiro de gracia a las expectativas, el portazo con que se negó, en los últimos días del año, hasta la más timorata reforma posible en el tema migratorio que tan ansiosamente muchos esperaban. Existe un sentimiento general de que el país se ha convertido en un inmenso pastel y que la mesa está siendo preparada para ser repartido. Pero la gente de a pie, el pueblo, los trabajadores, no han sido invitados. Con todo lo anterior, la dirigencia histórica del Partido pierde influencia y poder de convocatoria. De ahí las engañifas de las migajas de derechos que nunca debieron ser conculcados y que ahora se devuelven como limosnas, como la actividad económica independiente, el reparto de tierras en usufructo, la compraventa de autos y casas, todo esto con las consabidas restricciones.Quizás no sea éste el año del cambio, pero sí probablemente el año en que, de tanta presión, se derrumben las barreras que lo impiden, por las buenas o por las malas. Se siente en el ambiente, especialmente en los cuestionamientos de la población en todas partes, en las paradas de ómnibus, en los mercados, en centros de trabajo y estudio, en reuniones de amigos, en los blogs y hasta en las asambleas del propio Partido. La gente ya no se hace la desentendida cuando alguien grita en público una consigna antigubernamental, sino que levanta la voz para defender a quien gritó cuando vienen a reprimirlo.

Si los ánimos siguen caldeándose, una de esas protestas puede ser la chispa que inicie una revuelta. Cuando dieciocho años atrás se produjo la del Malecón, la mayoría de los moradores de Marianao o Guanabacoa se enteraron cuando ya todo había acabado. Ahora, por pocos que sean los que poseen celulares y computadoras, la chispa podría propagarse a diferentes puntos de la capital. El régimen tiene muy en cuenta los precedentes de los países árabes del norte de Africa de poblaciones inconformes movilizadas mediante celulares. De ahí las constantes acciones represivas contra los disidentes y la paranoia contra quienes lleven a Cuba medios modernos de comunicación.
Los cambios pueden ser posibles por vías pacíficas mediante la no colaboración y si no hubiese otro remedio, mediante multitudinarias marchas no violentas, un camino preferible, porque el precedente de la violencia genera más violencia en una espiral sin fin que en la historia de nuestro país ha concluido siempre con nuevas dictaduras. Pero nadie puede predecir lo que puede ocurrir cuando la chispa prenda. Por eso resulta alentador el creciente fervor religioso inspirado en la paz y el amor. La visita del Papa a Cuba se espera para el mes de marzo, y en estos días la policía ha tenido que paralizar el tráfico en el Vedado, Marianao, La Lisa y otros municipios habaneros por las multitudes que aclaman a su paso a la Virgen de la Caridad, algo alentador porque, seamos o no religiosos, la gran tragedia del pueblo cubano, ya con más de medio siglo, comenzó cuando bajamos de las paredes de nuestras casas las imágenes del maestro de Galilea y pusimos en su lugar las del caudillo de turno, esto es, cuando desviamos el sentido de nuestra adoración, lo cual le otorgó el poder de regir nuestro destino. Al adorarle, consagramos lo que ese hombre representaba: el odio vengativo, la violencia y la impiedad. Contradecirle se convirtió en blasfemia, y oponérsele, un sacrilegio. Quienes le hicieron dictador no fueron sus tropas, sus decretos o sus agentes represivos, sino nuestro fanatismo. Por eso, un nuevo cambio del sentido del culto nos ayudaría a restaurar en nuestra conciencia los valores del amor, el perdón, la reconciliación y el espíritu de paz que representa la imagen del Redentor del Jordán.

Fuente: El Nuevo Herald

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