La agenda marrón del Partido Comunista de Cuba.

Por Haroldo Dilla Alfonso.
Durante mis largos 11 años como militante del Partido Comunista, escudriñé con toda seriedad los documentos partidistas previos a los congresos. Lo hice en relación con el IV congreso de 1990 (mi estreno) entusiasmado por sus propuestas que apuntaban a un mayor debate y mayores espacios democráticos. Y lo hice con absoluta frustración con relación al V de 1997, el congreso del retroceso y la frustración definitiva. Ahora lo he vuelto a hacer con el documento que servirá de base para la celebración de la Conferencia que debe satisfacer un requisito pospuesto del VI Congreso: ver qué se hace con el Partido. El documento es parco, gris y contradictorio. Por ejemplo, reclama creatividad, justo en un país donde la creatividad es severamente castigada cuando transgrede las estrechas normas de lo políticamente aceptable. O, algo más simpático, ataca los dogmas al mismo tiempo que llama a actualizar ese bodrio dogmático llamado marxismo-leninismo. Da la impresión de que se trata de un documento esquizofrénico, distanciado de la realidad que pretende interpretar. Una muestra contundente del cretinismo político de una organización devaluada.

Quizás la mayor virtud del documento sea no intencionada: nos informa sobre la situación del pacto intraélite acordado en 2009 para descalabrar a los chicos malos que Fidel Castro promovió en los 90 como los mejores intérpretes de su pensamiento y que terminaron envenenados “por las mieles de poder”. Un romance sin futuro entre la burocracia partidista y la tecnocracia militar, que al parecer hizo sus primeras aguas en el pasado congreso partidista cuando el general/presidente dedicó su discurso final a fustigar a los burócratas del Partido. A pesar de haber jurado que no se iban a tratar los temas de esa naturaleza. Y en esta misma línea, también pudiera revelar de qué manera Raúl Castro está sacándose de arriba el lastre de esta burocracia mezquina, parasitaria y rentista. Incapaz de imaginar un futuro capitalista, como lo hacen los militares. No porque sean socialistas, sino porque son precapitalistas y porque de cualquier manera, de tanto medrar en el aparato, han perdido la capacidad para imaginar algo. Y por ello les ha dejado este ejercicio absurdo pero inocuo.
Y lo es porque hace ya mucho tiempo que el Partido dejó de ser la fuerza dirigente del Estado y la sociedad, como afirma la Constitución. Quizás se acercó a ello entre 1975 y 1985 —cuando los subsidios soviéticos imponían un orden y una institucionalidad— pero se ha ido debilitando como organización desde que empezó la rectificación, como en algún lugar ha advertido el profesor Eusebio Mujal. En la actualidad esa institución rectora es las Fuerzas Armadas, que ha copado los principales órganos de dirección, y en particular el Buró Político. Que ese Buró Político se remita al Partido solo indica una intención. Pertenece en realidad a los militares y a sus tecnócratas orgánicos. Ello no significa que el partido no sea importante. Allí está encuadrado algo así como millón y medio de personas, donde se incluyen, junto a oportunistas de toda laya, personas honestas que creen en un futuro mejor diferente a la oferta capitalista. Pero, sobre todo, incluye a una tropa de leales —por conveniencia o por convicción— que resulta vital como soporte del sistema. El Partido es, por tanto, una estructura de militantes más o menos comprometidos con la causa, dispuestos a exponer los argumentos gubernamentales, tratar de convencer, y eventualmente reprimir a los que persistan en pensar diferente. Es un formidable aparato de control sociopolítico del que la actualizaciónraulista —siempre preocupada por los saltos no programados de las liebres— no puede prescindir.
Y es, finalmente, un lugar de interacción de las facciones de la élite, donde cada banda tiene algo que aportar. Los reformistas “actualizadores” proveen los cuadros del cambio económico capitaneados por el inefable Murillo. El espectro conservador provee los encargados de poner orden en el festín de la acumulación originaria, eligiendo a quienes pueden participar, a quienes no, y finalmente cómo es posible participar sin alterar las reglas. Y de ahí, como de la manga, ha salido Gladis Bejerano, la vicepresidenta a cargo de perseguir la corrupción supernumeraria, con cara seria y lenguaje cortante. Si esto implica una herejía institucional o no, es un asunto de tercera categoría. Fidel Castro gobernó siempre violentando instituciones, y cuando fue recluido andaba montando una estructura paralela a todo lo existente bajo el enigmático título de La Batalla de Ideas. Y en la lejana China, Deng Xiao Ping —el hombre a quien solo interesaba que los gatos cazaran ratones— tuvo más poderes que un emperador bajo el discreto título de presidente de la comisión militar del Partido. En consecuencia, no espero nada dramático de esta conferencia partidista. Es posible que la facción de Machado Ventura pierda algunas posiciones. Pero en realidad lo que Raul Castro necesita en el partido es un hombre gris como Machado. Y Machado requiere para hacer su labor de una gavilla de oscuros funcionarios que han perdido el sentido de una sonrisa, como aquella chica diabólica de la familia Adams, pero más previsibles. Hombres grises para un partido que se reclama rojo pero que deberá ejecutar, como dicen los ambientalistas, una agenda marrón: reciclar la suciedad de la actualización. Y para todo eso, y por el momento, Machado Ventura pudiera ser idóneo.

Fuente: Cubaencuentro

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