El fin de la utopía.

Por Alejandro Tur Valladares.
Corría el año 2002, la situación en el país se tensaba, urgía atar demasiados cabos sueltos para evitar la debacle social. Fue entonces cuando se dio la orden de crear la Escuela Formadora de Trabajadores Sociales. Aunque no se dijo explícitamente, el objetivo fundamental que animaba a aquel nuevo experimento era el de estabular a una masa juvenil desocupada y desentendida de los estudios, caldo de cultivo propicio para futuras rebeliones. No faltó quien nombrase aquel sector poblacional como La Generación Perdida. Entonces la idea de la profilaxis social pasó a ser titular de los periódicos. Se hablaba en términos de reencausar vidas, de brindar una nueva oportunidad.

A bombo y platillo fueron inauguradas las nuevas escuelas, promovidas como forjas del hombre nuevo, “Médicos del Alma” como líricamente les llamó Fidel Castro. Y luego de un año de preparación, salieron a las calles con las mochilas cargadas de proyectos altruistas que, como elegidos, estaban llamados s desarrollar. En la academia se les adoctrinó, diciéndoles que estaban destinados a promover transformaciones sociales, a lograr la igualdad en el plano de las oportunidades, que la misión suprema consistía en alcanzar la integración de individuos, grupos e incluso de comunidades enteras al proceso revolucionario. Usando la jerga militar que tanto gusta a nuestros Comandantes y Generales, se les fue confiando misión tras misión. La Misión Milagro, La del combustible, la Revolución Energética, y detrás de estas un largo etcétera.
Ante cada misión cumplida, el Comandante, todo un campeón en eso de inventar títulos, les condecoraba. En una ocasión les endilgó el membrete de Campeones Olímpicos en la lucha por el decoro. En otra ocasión dijo de ellos, “son y serán constructores de una sociedad justa y nueva, por un mundo mejor y posible, y lo será en la medida que su ejemplo se expanda por el mundo”. Los hijos de Fidel, como también eran conocidos, cayeron en desgracia tras la salida del Tutor en Jefe del mando directo. En el 2008 el Programa de Trabajadores Sociales asumiría un nuevo estatus al dejar de ser auspiciado por la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba (UJC) y por el Parlamento Cubano. En lo adelante pasaría a ser una Unidad Presupuestada, con personalidad jurídica y patrimonio propio. En otras palabras, aquellos jóvenes pasaron a formar parte de los afectados por el “reordenamiento laboral” -eufemismo que utiliza el régimen para evitar el vocablo “desempleo”-. Se comprenderá entonces cómo cambiaron las cosas para ellos.
En una primera etapa, más de la mitad de los Trabajadores Sociales quedaron disponibles (otro eufemismo, que significa en realidad desempleados). No hay que olvidar que a estos jóvenes les habían obligado a contraer compromisos de permanencia en ese puesto por un mínimo de10 años. Pero el compromiso se incumplió por parte de los mismos que lo impusieron. A los que lograron librarse del desempleo, la única opción que les quedó fue matricularse en la Universidad y comenzar una carrera profesional, aunque esto no fuera de su agrado. Poco a poco el sueño fue muriendo y de aquella romántica utopía emprendida años atrás por jóvenes descarrilados, a quienes les inocularon fe y esperanza en un sistema desgastado, sólo queda la añoranza por lo que pudieron haber sido.

Fuente: Cubanet

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