La unidad latinoamericana a las sombras del CELAC.

Por Miguel Saludes.
El nacimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) quedó certificado en Caracas a pocos días de terminar el 2011. El propósito de unidad continental al sur del Río Bravo no es una novedad. La idea integracionista propulsada por Simón Bolívar tomó vida tempranamente en 1826 en el Congreso de Panamá convocado por el Libertador. Pero no sería hasta 1889, a instancias de Estados Unidos de Norteamérica, que el magno proyecto alcanzó el perfil organizativo que terminaría en la fundación del sistema regional más antiguo del planeta con sede en Washington y la inclusión de todos los estados libres del continente.Bajo el sistema común de normas e instituciones que dieron paso a la Unión Panamericana y posteriormente a la OEA, surgieron importantes tratados, convenciones e instituciones especializadas que han sido modélicos para el mundo. Con virtudes y defectos hay que destacar la relevancia de la Convención sobre Deberes y Derechos de los Estados, la Organización Panamericana de la Salud, el Comité Jurídico Interamericano, el Instituto Interamericano del Niño o la Comisión Interamericana de Mujeres. En el marco de la OEA destacan el Banco Interamericano de Desarrollo, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas, la Comisión Interamericana de Telecomunicaciones, la Comisión Interamericana de Puertos y el Centro de Estudios de Justicia de las Américas.

A pesar de la problemática de unas relaciones marcadas por el desarrollo desigual entre naciones, guerras mundiales o conflictos entre pactos ideológicos no puede ser desconocido el camino recorrido por la OEA, a la que se presenta el CELAC con presunciones sustitutivas.
Por otro lado los esfuerzos por concretar la unidad no pueden ser vistos como una anomalía en un mundo que se integra en bloques regionales buscando intereses e identidades comunes. En 1997 Samuel P. Huntington analiza esa realidad a través de su obra El Choque de civilizaciones. El autor indica a Latinoamérica, con Brasil a la cabeza, conformando uno de los conjuntos independientes, aunque muy cercano a Norteamérica y Europa, una predicción que no parece justificarse en los primeros pasos del CELAC cuyo advenimiento cristaliza en una unidad sin Estados Unidos y Canadá.
La idea impulsada por Chávez con el apoyo de sus aliados y el acuerdo mayoritario de los estados fundadores parece ignorar que un tercio de la población de los países excluidos mantiene fuertes nexos con el sur del continente. Millones de emigrantes que aportan recursos a la economía de muchos de los países integrados en el CELAC pero que al parecer fueron ignorados a la hora de conformar un pacto regional que de cierta manera también los excluye a ellos.
Estados Unidos calificó positivamente la fundación de la CELAC en un contexto de cooperación regional. Pero el énfasis de Hugo Chávez en liquidar la OEA, el ataque constante que hace al “Imperio” o su insistente cortejo a China e Irán son gestos preocupantes para el futuro del organismo y la región. La aparente independencia política respecto a los países excluidos y en consecuencia de otras naciones europeas suena poco creíble cuando se observan las ponderaciones y piropos que el organizador de la fundación dirigió a la potencia asiática y los guiños que de alguna manera se hicieron al mundo árabe en el marco de la reunión.
Es temprano para hacer conclusiones o prevenir el curso de la organización fundada con el criterio América sin los norteamericanos. Existe la realidad de Brasil, miembro fundador del CELAC, que se perfila como líder dominante dado su poderío económico. Venezuela, a pesar de sus cuantiosos recursos petroleros, no puede pretender un liderazgo absoluto y mucho menos descartar a otros factores con fuerza suficiente como para compartir al menos la toma de decisiones. Chile, Argentina, México o la propia Colombia no llegan en calidad de segundones.
En este aspecto debe repararse en la actitud brasileña, que algunos analistas consideran cautelosa y hasta distante de acuerdo a la reacción del gigante sudamericano. El detalle está subrayado en las declaraciones de Alberto Pfeifer, cuando apuntó que “la CELAC no es una prioridad” para Brasil como lo es la UNASUR. Por su parte la presidenta Dilma Rousseff calificó de “muy importante” e “histórico” el lanzamiento de la unidad comunitaria pero apenas estuvo un día en el encuentro, partiendo incluso antes de que aprobaran los estatus de la entidad.
La novedosa unión se inicia en medio de contradicciones y múltiples problemas que no son precisamente originados por el vecino del Norte. Una de las primeras notas discordes la puso el mandatario colombiano Juan Manuel Santos, quien se reconoce aliado de Estados Unidos en relaciones cordiales con Chávez, al reafirmar que la “CELAC no nace contra nadie.” No es el único signo contradictorio. Los principales se encuentran en la propia Declaración de Principios en su referencia a la “la defensa de la democracia y el orden constitucional.”
Una lectura pausada del contenido de la carta constitutiva deja espacio a las dudas sobre las buenas intenciones. Las dudas surgen por el lenguaje poco claro y enredado que reconoce la importancia del mundo pluripolar democrático y seguidamente se expresa sobre el derecho de cada nación a construir su sistema político en el marco de instituciones que decida el “mandato del pueblo soberano.” Que habla de promover el respeto de los derechos humanos y la democracia junto al reclamo respetuoso para la autoderminación, la soberanía, integridad territorial y la no injerencia en los asuntos internos de cada país. Que dice apegarse a los enunciados de la Carta de la ONU y el respeto al Derecho Internacional anteponiendo la coletilla sobre el convencimiento de que “… cada uno de nuestros pueblos escogerá las vías y medios que, basados en el pleno respeto de los valores democráticos de la región, del Estado de derecho, sus instituciones y procedimientos y de los derechos humanos, les permita perseguir dichos ideales.” Son en síntesis los mismos entresijos utilizados por los totalitarios en su pose de guardianes respetuosos de los valores democráticos y los derechos humanos violados bajo esas justificaciones de soberanía.
La contradicción se evidencia finalmente en esa especie de troika integrada por Hugo Chávez, anfitrión de la cumbre inaugural, Raúl Castro encargado de la próxima y el derechista Sebastián Piñera quien asumirá la del 2013. El particular provocó al presidente chileno exclamar en broma que “en una de ésas, comandantes, presidentes, podemos acercar posiciones.”
No son pocos los conflictos a encarar. Argentina pone el énfasis en la devolución de unas islas geográficamente cercanas, pero cuyos habitantes no son argentinos ni se les ha consultado si desean serlo. Brasil pone en grave peligro la salud ecológica del planeta buscando mayor producción agrícola a costa de la deforestación amazónica. El narcotráfico, la violencia galopante y la corrupción en la que caen gobiernos populistas, así como la violación constante de los derechos humanos, son otros asuntos pendientes en la temprana agenda.
Por estos días recordaba el himno Panamericano que tanto gustaba a mi madre. Canto a la hermandad y a la buena vecindad de todas las naciones americanas. En una de sus estrofas Cuba aparecía junto a Canadá. Ironías de la vida. Canadá fue una de las pocas naciones que se negó a apoyar el embargo norteamericano contra el gobierno de Fidel Castro. Hoy la delegación cubana encabezada por Raúl Castro eleva la mano por una unidad que omite a los solidarios canadienses.

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