De Ricardo Bofill a “la gente de los derechos humanos”

Por Rolando Cartaya.
Mientras celebramos este fin de semana el Día Internacional de los Derechos Humanos, puede decirse que el movimiento de defensores de esos derechos en Cuba goza de buena salud. Cierto, muchos están magullados por las golpizas, acosados, sobreviviendo a duras penas, pero levantándole la parada al régimen; disputándole, a costa de su integridad física, el derecho a manifestar en las calles; adoptando, por fin, como divisa, las penurias de todos los cubanos. Quisiera hablar hoy del hombre que hizo posible todo esto, de mi hermano, el que fundó en 1976, como sobre un campo minado, el Comité Cubano Pro Derechos Humanos: Ricardo Bofill. La primera vez que escuché su nombre fue en 1980 desde mi celda –la número 48– en Villa Marista. Cuando los guardias se iban a comer, los detenidos nos comunicábamos a gritos, y cada día Elizardo Sánchez les gritaba a él y a Adolfo Rivero: “¡Bofill, Rivero, firmes ahí!”. Un día, por fastidiar, grité lo mismo, y recuerdo que Elizardo les advirtió: “¡Bofill, Rivero, eso es una provocación!”

De allí me enviaron a La Cabaña y a Bofill al Combinado del Este, así que dos años de cárcel y cinco de humillaciones después fue que le conocí. Coincidimos en la Catedral de La Habana, la noche de la Semana Santa de 1987 en que el arzobispo Jaime Ortega encendía el cirio pascual. Tan pronto le dije mi nombre me respondió; “Ah, sí, Rolando Cartaya, el ex periodista de Juventud Rebelde”, y me hizo una síntesis casi completa de mi causa. Esa noche comenzó el tiempo más feliz de mi vida en Cuba, en las filas de la primera organización de derechos humanos de nuestro país desde los años 60. No le voy a hacer la historia del tabaco, que anda por ahí por la internet y los libros de Ariel Hidalgo, Reinaldo Bragado y otros compañeros. Le voy a hablar del hombre que me confirmó que los individuos, a contrapelo de lo que afirma el marxismo corriente, sí juegan un papel clave en la historia.
Este es el hombre que comprendió que las violaciones de los derechos humanos en Cuba no eran puntuales, sino institucionales, y que después que el régimen ahogó en sangre la lucha armada clandestina sólo era viable luchar pacíficamente, a cara descubierta y desde la plataforma elaborada por la ONU de la Declaración Universal.Este es el hombre que cuando llegábamos al amanecer a su casa en el reparto Mañana de Guanabacoa, ya tenía media docena de denuncias mecanografiadas en original y ocho copias al carbón para distribuirlas a las agencias extranjeras y las embajadas; el hombre que nos sorprendió cuando asistimos a una misa en la Iglesia de San Juan de Letrán,–en memoria del asesinado sacerdote polaco Jerzy Popieluszko– con el Llamamiento de La Habana, un documento dirigido a los movimientos disidentes de Europa Oriental, y con acusaciones tan crudas al comunismo que sólo lo firmamos 13 de unos 200 asistentes. Este es el hombre que sabía escuchar y dar calor a las iniciativas de otros, ya fuera una mesa redonda que se radió luego tres veces por Radio Martí; una sección de artistas e intelectuales en el Comité; o una exposición de arte disidente y taller de derechos humanos, que estuvo abierta cuatro días a dos cuadras de 12 y 23, donde Fidel Castro se declaró socialista en 1961. Este es el hombre que cuando el señor ministro del Interior José Abrantes se presentó en la casa sede de la exposición e inquirió qué estábamos haciendo allí 40 y pico de personas, le dijo que todos “estábamos invitados a almorzar por los dueños”. ¡Trabajo que les costaba lidiar con él!
El hombre a quien, según se cuenta, lo llamó una vez la seguridad del Combinado para decirle: “Bofill, ya no mandes más ‘balitas” (mensajes prensados y sellados con nylon), que te cogimos las dos que mandaste”. A lo que respondió: “Ah, ¿me cogieron dos? ¡Entonces las otras tres llegaron!”. El hombre que, cuando un día a la salida de la Iglesia de la Caridad vio que nos esperaban en cada esquina turbas de esbirros con palos y cabillas, nos dijo: “Tú verás”, y sacó de la maleta un crucifijo hecho con madera del techo viejo de la Iglesia de Regla, ¡y no nos tocaron un pelo!. El hombre que nos hizo citar un domingo en la Caridad a los corresponsales extranjeros para una conferencia de prensa que ya nos habían prohibido en vísperas de la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra; y que en el último minuto cambió el lugar de la conferencia, y la policía política llegó cuando ya estábamos terminando. El hombre que vio con claridad que Estados Unidos y el exilio eran nuestros únicos amigos verdaderos, y que no se arredró cuando el Granma, en primera plana, y la televisión en 3 programas, le llamaron “fullero” y “mercenario”. Como su maletín, siempre lleno de denuncias, pesaba una tonelada, bromeábamos diciendo que la CIA seguro le pagaba en pesos machos de plata.
Este es el hombre que cuando le venían con que alguien era un infiltrado decía que hasta que se probara lo contrario seguiríamos trabajando con esa persona, porque si no, el trabajo se paraba, y eso sí no podía ser. El hombre que no vaciló en enviar sus denuncias a Radio Martí, sabiendo que era la mejor forma de hacerle saber al pueblo cubano que allí mismo, entre ellos, había cubanos que se habían arrancado la mordaza. De modo que, aunque muchos salimos de Cuba, el Comité no desapareció: en cambio, creció y se multiplicó. El Instituto de la Memoria Histórica contra el Totalitarismo le ha rendido por estos días un homenaje a Bofill, ya un poco apagado por la edad. Pero el mejor homenaje se lo tributan los cubanos de la isla cuando, si ven que sus problemas no se resuelven, se van con ellos a los que, trátese de opositores, periodistas o blogueros alternativos, siguen llamando “la gente de los derechos humanos”.
Él dijo una vez, y el presidente George Bush padre lo citó, que la historia de la lucha contra el totalitarismo en Cuba se dividía en antes y después de Radio Martí. Yo creo sinceramente que bien podría dividirse en antes y después de Ricardo Bofill.

Fuente: martinoticias.com

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