La represión tiene muchos nombres y lugares.

Por Miguel Saludes.
El año casi está por despedirse. Algunos habían adelantado la concreción del final apocalíptico en este que termina, apoyados en la coincidencia numerológica del triple 11 (noviembre 11 del 2011) A pesar de las predicciones fatales seguimos girando en nuestra barca planetaria, repleta de conflictos, interminables guerras, crisis financieras y la irracionalidad humana que pone a prueba la fragilidad del medio que sustenta nuestras vidas.
Pero no todo fue negativo en esta oncena vuelta del siglo XXI alrededor del sol. Entre los sucesos destacados que validaron a una Humanidad que avanza y vive se encuentra uno que no solo puso un sello de particularidad al año que finaliza. Se trata del movimiento Indignados, expandido por buena parte del mundo.

Las protestas de los inconformes que gritan su desacuerdo contra las políticas económicas derivadas de una crisis sin precedentes en las últimas décadas, y sin final previsible en un futuro inmediato, transcurren en diversos climas de tensión, desde aquellas marchas madrileñas organizadas al detalle pero sin saldos represivos lamentables, hasta las que recibieron la respuesta bruta de las brigadas antimotines en Atenas, Barcelona y más recientemente Nueva York y California.
No todos ven con buenos ojos esta proliferación de protestas que responden a una realidad inquietante. El desempleo, la ambivalencia contradictoria entre el desarrollo tecnológico y el exceso de mano de obra creciente que este genera; nuevas generaciones que irrumpen a la vida laboral con mucha preparación y pocas oportunidades de empleo o el desplazamiento de industrias a países donde se paga menos por el trabajo y se gana mucho por lo producido. Todo en menoscabo de obreros, estudiantes, empresarios medios y pequeños, así como de los que reciben el peso de una explotación solapada ante la mirada indiferente de los gobiernos que se escudan ante el fenómeno de la globalización, otro dilema inevitable que debe ser enfrentado como un reto natural del desarrollo alcanzado por nuestra civilización.
Son realidades que no pueden ser ignoradas. Su existencia no es un dato secreto, fácil de esconder. Menos lo son sus consecuencias. Entre estas últimas los actos represivos de fuerzas policiales y ciertos episodios injustificables que han recorrido las páginas noticiosas en estos meses. Algunos pretenden exhibir esta procesión de imágenes infaustas como el cataclismo anunciado al que ellos están inmunes. La prensa cubana, muy activa a la hora de llevar la cuenta de las marchas ocurridas en diferentes ciudades del mundo en disconformidad y rechazo al sistema capitalista, ofrece esta impresión de espectador indiferente, ajeno al incendio que arde en las barbas de sus adversarios ideológicos.
Pero no es la amplitud divulgativa de la prensa oficialista cubana la que provoca este comentario. Más bien lo induce el desenfado de quienes desde otras latitudes, en extraña condición de residencia, dedican tiempo y esfuerzo a destacar realidades conocidas para encubrir y justificar hasta la glorificación, regímenes donde la indignación es reprimida aún antes de exteriorizarse.
Desde Alemania un cubano que dice nombrarse Justo Cruz, usando las prerrogativas que le otorga el derecho a la libre expresión que goza en su condición de residente en ese país europeo, puso énfasis sobre uno de los episodios más recurridos por la prensa internacional. En un articulo divulgado por Verdades de Cuba que ha entrado por diferentes vericuetos en correos personales se presenta un singular cuadro comparativo a partir del acto cometido por Jonh Pike, oficial de la policía norteamericana tristemente famoso por rociar gas mostaza sobre los rostros de un grupo de estudiantes que protestaban sentados en los predios de la Universidad norteamericana California-Davis.
Se pregunta el señor Cruz sobre la reacción que hubiera tenido lugar si en vez de tratarse del teniente Pike la acometida estuviera acreditada por un teniente de la Policía Nacional Revolucionaria y las víctimas de este fueran ciudadanos cubanos, preferentemente de los grupos de resistencia cívica como las Damas de Blanco. Nos adelanta el perspicaz Cruz que seguramente la cobertura de los medios sobre dimensionarían la noticia con la consecuente condena contra el gobierno de la Isla.
Ocurre que en Cuba el gesto de indignación queda limitado a los límites extremos de la autocensura por la amenaza psicológica de un sistema que lo controla todo. Allí ni siquiera ha irrumpido el libro Indignaos del luchador francés Stephane Hessel, pequeño volumen que inspiró a la llamada revolución española de Democracia Real Ya, el M 15 y lo que siguió a partir de entonces.
La razón que llevó a los manifestantes a enarbolar legítimas demandas, sea en Atenas, Roma o frente a Wall Street, es debatida ampliamente en los medios de prensa internacionales y cuenta con la atención de muchos no obstante la indiferencia, el silencio o la crítica de algunos. El debate existe aún en Miami, donde el movimiento Occupy también se hizo escuchar sin mayores contratiempos.
La otra perspectiva se encuentra en los indignados de La Habana, Santiago de Cuba o santa Clara, que sufren doblemente las injusticias de un sistema, no tan diferente a tantos de los que reciben el rechazo popular en el planeta. Se trata de que en Cuba la indignación de los que tienen vetados derechos económicos y sociales, apenas alcanza para la crítica prudente en confianza porque expresarla en las calles se considera un acto hostil contra el gobierno que por ahora aplica la represión sutil de pueblo contra pueblo para acallar las voces y el seguimiento atento de los uniformados, listos si fallara esa estratagema.
En la sociedad abierta las acciones represivas no quedan ocultas por largo tiempo. A veces ni siquiera por un poco. Sabemos el nombre del represor, no importa que se apellide Pike, Venizelos o Sardá, gracias a que al menos en Estados Unidos la fuerza pública denuncia esas actuaciones y desenmascara el rostro de los infractores que han tenido que pagar por ahora con el despido de sus puestos para posiblemente ingresar en el futuro en las filas que ayer reprimieron. El propio artículo lo reconoce “El mundo entero ha podido apreciar en fotos y vídeos cómo este teniente Robocop esparce gas pimienta en los ojos a estudiantes de la Universidad de California con toda la tranquilidad del mundo.” No cuenta el resto que siguió.
En contraste los cubanos que disfrutan la paz del sistema fidelista apenas tienen acceso a esas herramientas de comunicación que hacen que el señor Justo Cruz, yo y millones de gente en todo el mundo conozcamos que un tal Jonh Pike cometió un acto violento contra estudiantes que manifestaban pacíficamente.
Veremos si en estos días Justo y comparsa siguen con igual dedicación la nota acerca de la represión desatada por la policía boliviana que reprimió el pasado martes 29 de noviembre con gas lacrimógeno y agua una violenta protesta de estudiantes de la universidad de El Alto, ciudad vecina de La Paz y nicho electoral del presidente Evo Morales, dejando como saldo unos 20 heridos y 54 detenidos. Como la de los Ángeles, el objetivo era el alza en el costo educativo.

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