Diálogos perversos (II)

Por Manuel Cuesta Morúa.
El interés por el poder permite entender el diálogo que hoy sostiene el Gobierno con la Iglesia Católica. Es curioso que nadie haga mucha referencia al diálogo de cooptación que aquel ha mantenido por años con las iglesias protestantes. Más significativo si se trata del número y de la representación social de las religiones. La cuestión primordial es que al régimen solo le interesa el poder, no la convivencia posible y necesaria. Y en el occidente cristiano, la principal dispensadora moral de poder en la tierra se llama Iglesia Católica.
En tal sentido es importante entender que justamente el diálogo Estado-Iglesia Católica revela la improcedencia del diálogo Estado-sociedad. Si se quiere deducir por qué no es posible el diálogo con la oposición es imprescindible intuir por qué sí es posible el diálogo con las iglesias, que no con la religión.

La instrumentación de aquel diálogo es una fuga del régimen hacia un terreno triplemente seguro en el que, por un lado, se resguarda de toda discusión cívica del poder en su momento de mayor ilegitimidad; se refugia, por otro, detrás de la multinacional del perdón, justo cuando su inmoralidad pasada y presente (la del régimen) es materia de cotilleo y comunicación globales y, finalmente, vende la imagen de civilidad y disposición al intercambio mientras compra el tiempo pausado y eterno de las religiones. Hay un viejo adagio de mucha pertinencia para el Gobierno cubano ahora mismo. Y dice así: los molinos de los dioses muelen lentamente. La Iglesia Católica, que cobra sus servicios en moneda divina, acaba de ofrecerle ese tempo suave del cambio.
Con la sociedad ese diálogo es imposible. Su fuerza cívica y plural le plantearía al régimen preguntas básicas de legitimidad; su memoria selectiva lo expondría frente a un pasado poco edificante ―valuado en 2011 con criterios más exigentes de civilización―, mientras que sus necesidades básicas, acumuladas como fallas geológicas, acelerarían el ritmo letárgico que el gobierno ha impreso a lo que insisten en llamar reformas.
La compatibilidad estructural entre catolicismo y marxismo es, como fundamento, el atlas que sostiene aquel diálogo en marcha. Hay en Cuba una discusión viva acerca de si la Iglesia Católica es suficientemente cristiana o de si el Gobierno cubano es suficientemente marxista. La respuesta a esta inquietud, muy importante para sus respectivas bases, es necesariamente una cuestión de grado que deja intacta su afinidad orgánica. El evangelio según Joaquim de Fiore y el comunismo delineado por Carlos Marx comparten una matriz cultural que los alinea en tiempo de crisis tras una misma concepción de poder social. Entre principados anda el juego, y ellos se comunican dentro de un mismo lenguaje de señales, tropos y símbolos.
Por esta razón es difícil para ambos armar un diálogo hacia la sociedad. Muestro solamente dos incompatibilidades concretas: el lenguaje desencantado del mundo cívico frente al lenguaje encantado de aquellos, y la condición plural de la sociedad cubana frente al monismo comunista y católico.
Y ese monismo a la defensiva decodifica y comparte su lenguaje hacia la sociedad usando los mismos términos morales para atacar la pluralidad, y al mundo llano, marginal e “inculto” de los de abajo cuando intentan articular su voz en el escenario de la sociedad civil. Con una sola diferencia: mientras el Gobierno expresa su desprecio públicamente, la Iglesia Católica lo hace en privado, una vez que se encierra detrás de las costras del templo.
Esto es natural. Puede entenderse como la técnica de autodefensa ante la invasión de la pluralidad, por parte de aquellas minorías más o menos aristocráticas con poca representación social y con mucho poder almacenado.
¿Es perverso este diálogo? En sí mismo no. El diálogo Iglesia Católica-Estado es tan legítimo como cualquier otro. Que la Iglesia busque y defienda su propio espacio de acción religiosa es importante en el mejor sentido: muestra el vigor cultural de las instituciones independientes dentro de Cuba y demuestra que es posible, con paciencia y determinación, hacerse un lugar bajo el cielo cubano; en este caso desde el cielo.
El problema empieza cuando desde su vocación universal, la Iglesia Católica comienza vicariamente a hablar en nombre de todos los que considera hijos de Dios; y según el cristianismo, todos lo somos. Lo que ahora mismo en Cuba está suponiendo una contradicción doctrinal porque la Iglesia Católica está hablando desde el poder, con el poder y hacia el poder, poniendo en déficit el debate por los valores.
Pero en el plano estrictamente confesional esto no tiene legitimidad: no todos los religiosos en Cuba son católicos; en el plano social tampoco: no todos los cubanos somos religiosos; en el plano político menos: la pluralidad de tendencias políticas subyace al suelo diversamente ideológico de nuestra cultura.
De manera que la ambigüedad calculada de la Iglesia al situarse por encima de la política para articular el otro pensamiento único desde la política pervierte su diálogo con las autoridades, si es que este diálogo pretende de algún modo ser representacional.
Este asunto es delicado en Cuba. Tiene que ver con la tradición asociacionista entre el poder y la religión, con la vieja acusación de que en definitiva la Iglesia Católica es escasamente cubana, y con el pulso cultural, también antiguo, entre las sólidas corrientes socio-liberales y el pensamiento parroquial: sea católico o comunista.
En este sentido discrepo ligeramente de algunos críticos laicos de la Iglesia Católica que ven en ciertos actos y posiciones de su jerarquía una cuestión de índole personal. Es cierto que tras la vestidura siempre es mejor visualizar el carácter. Significa esto que lo definitivo en las instituciones humanas suele ser el perfil de sus animadores. Sin embargo, en términos históricos y culturales, resulta engañoso cifrar el destino de determinadas instituciones en la conducta de personas específicas, por muy importantes que sean.
Intento situar lo delicado del asunto en el regreso histórico-cultural al vínculo cada vez más visible entre religión y Estado, que amenaza con colocarnos, desde otro ángulo, en una fase pre-republicana. Ni el documento-guía de la próxima conferencia nacional del Partido Comunista, ni el discurso intelectual de la Iglesia Católica al que he tenido acceso, visualizan la condición republicana de Cuba. Omisión fundamental que atenta contra la igualdad cívica de todos dentro del pueblo ―término que no me gusta pero que es la base que legitima las repúblicas― y frente a las autoridades. Y entiendo que el pueblo de Dios es bastante distinto al pueblo republicano.
Delicado en términos históricos, peligroso en términos políticos. Este diálogo parece seguir las pautas de El Príncipe de Maquiavelo. En él se parte del viejo principio romano de otorgar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. El asiento aristocratizante de este principio tiene varias consecuencias de índole política para una visión republicana, de las cuales quiero destacar dos. La primera: considerar que el poder es legítimo por sí mismo, y que lo único que se puede y debe hacer es aconsejarlo intelectualmente; la segunda: quebrar la espina dorsal de todo Estado moderno cuya legitimidad descansa en los ciudadanos. Y esto tiene una doble subconsecuencia cínica, moral y psicológicamente inaceptable: se entiende que la crítica de valor es la que circula entre principados, y que la capacidad para el cambio solo proviene de las alturas. Entonces los ciudadanos, fundamentos de la soberanía, pueden tener razón y pueden ser lúcidos pero-no-tienen-legitimidad según esta imaginación de claustro: no pertenecen ni a la Iglesia Católica ni al Partido Comunista.
Ello no es pensamiento conservador. Ello es pensamiento francamente reaccionario.

Fuente: Cubaencuentro

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