Una política zombi.

Por Miriam Celaya.
Si algo resulta axiomático en cuanto al tema de la información en Cuba es lo notorio que puede llegar a ser un acontecimiento a partir del silencio que lo envuelve. Tal podría ser el caso del Proyecto de Documento Base que contiene los temas que deberán abordarse durante la Conferencia Nacional del PCC, a celebrarse en el próximo mes de enero. Por alguna razón los medios oficiales mantienen un raro mutismo —acentuado por el hecho de tratarse de un panfleto originado desde las alturas— y no se han presentado las habituales avalanchas televisivas de “entrevistas” en las que “el pueblo” opina y apoya este o aquel planteamiento recogido en el tabloide, puesto a la venta en los estanquillos de prensa desde el pasado 14 de octubre.
La ausencia de fanfarrias es más significativa si se añade que estamos refiriéndonos a los “presupuestos teóricos” de un evento inédito que se realizará en medio de condiciones particularmente complejas.

Y es también por esto último que se ponen de relieve en dicho “proyecto” la futilidad de las propuestas oficiales, su insuficiencia para cubrir siquiera parcialmente las actuales demandas de la realidad sociopolítica y económica del país, la incapacidad política de los gobernantes para remontar la crisis nacional y la preeminencia de un lenguaje oscuro, críptico, para que ninguna idea o intención quede claramente explícita; un lenguaje dogmático que propone “superar los dogmas”. El estilo en que está enunciado este “renovador” proyecto hace que parezca redactado cuarenta años atrás.
Desde el inicio del documento, en la enunciación de los “fundamentos del partido”, se repiten cuatro condiciones esenciales que constituyen las mangas de una camisa de fuerza: el radical unipartidismo; la falacia de vincular el pensamiento martiano a los principios el marxismo-leninismo; el condicionamiento de cubanos “patriotas” en relación directa con el apoyo que éstos den al partido comunista; y la supuesta unidad de todos los cubanos en torno a dicho partido en el pretendido interés nacional en “construir el Socialismo, preservar las conquistas de la Revolución y continuar luchando por nuestros sueños de justicia para Cuba y la humanidad toda”. Y en este punto habría que destacar las aspiraciones “justicieras” extraterritoriales de un partido con demostrada incompetencia para dispensar justicia siquiera en el interior de la Isla.
Nada nuevo, dirán los observadores, y a fin de cuentas tampoco era de esperarse que el gobierno-partido-estado-patria-poder se aventurase con propuestas aperturistas que hicieran tambalear la propia estructura inmóvil de la que depende su supervivencia. Se trata, sin dudas, de un documento coherente con la naturaleza cerrada y antidemocrática del sistema.
Sin embargo, mientras permanecemos sumidos en una crisis agravada por la corrupción, la amenaza de despidos masivos y el éxodo principalmente de jóvenes, y mientras en el panorama internacional la economía hace aguas y se suceden movimientos de protestas en los países más desarrollados, a la vez que se desploman regímenes dictatoriales de larga data, no deja de sorprender que la elite gobernante cubana se enquiste sobre su propia tozudez y no sea capaz de favorecer las condiciones que permitan una vía gradual y pacífica hacia una transición que resulta inevitable.
No es mi intención realizar un análisis de cada punto del proyecto de referencia. Otros autores lo han hecho ya con suficiente profundidad y detalle, como es el caso de Reinaldo Escobar (Creer o no creer, esa es la cuestión), publicado en este propio Diario. Apenas pretendo compartir impresiones que me asaltaron con la lectura del texto-programa,  al ver sintetizadas de manera simplista y pueril las mal enunciadas “soluciones” con las cuales el autodenominado partido único propone resolver los graves problemas que enfrenta la nación en su conjunto y no solo los comunistas-socialistas-revolucionarios. Obviamente, estamos ante otra procaz jugarreta gubernamental que mantiene a la mayoría de la población al margen de la toma de decisiones, si bien es cierto que un amplio sector de cubanos de la Isla se muestran más interesados en emigrar de una realidad asfixiante que en participar en un eventual proceso de cambios, lo cual favorece la inercia general.
Por otra parte, demasiados párrafos del documento base redundan en torno a menudencias cual si se tratara de asuntos cruciales —es el caso, por ejemplo, de proponer a debate la prolongada duración de las reuniones—, en tanto otros constituyen pinceladas repetitivas de cuestiones largamente insolubles: el problema de las indisciplinas sociales, las ilegalidades, la corrupción, el burocratismo, la negligencia, y un abultado etcétera; males todos cuyas causas subyacen en la naturaleza misma del sistema y forman parte de él.
Las contradicciones saltan a la vista en numerosas ocasiones. Varios ejemplos pueden ser los referidos a “potenciar el amor al trabajo como uno de los valores fundamentales”, en un país donde el trabajo dejó de ser fuente de ingresos o de bienestar y más bien constituye un obstáculo para la sobrevivencia. O también la propuesta de “ratificar el concepto de que las instituciones educativas son centros de formación de valores (…) donde el ejemplo del personal docente resulta decisivo”, cuando años de deformaciones provocadas por la introducción de maestros emergentes de bajísima instrucción, dudosa moral y pésimo desempeño, así como la improvisación de ocupar plazas docentes con personas no capacitadas para tan especial profesión, han comprometido —en muchos casos de manera irreversible— no solo el nivel de instrucción, sino incluso la formación de valores fundamentales en niños y adolescentes.
No faltan referencias a cuestiones que resultan peliagudas a la luz de los acontecimientos actuales, de ahí que apenas se mencionan tangencialmente. El capítulo II, dedicado al trabajo político e ideológico del PCC, alude oscuramente en el punto 49 al “aprovechamiento” del uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones para “combatir las acciones de subversión contra nuestro país”. Teniendo en cuenta la paupérrima conectividad de los cubanos a la Internet cabe preguntarse en qué medida dichas tecnologías podrían resultar subversivas en la Isla. Las autoridades apenas alcanzan a disimular el temor que les provoca el uso de Internet como soporte de circulación de ideas y de opiniones; demasiado hondo han calado en su ánimo los movimientos antidictatoriales del norte de África y sus desenlaces.
El proyecto de Documento Base a la Primera Conferencia Nacional del PCC es un texto irrespetuoso e irresponsable, al ignorar una vez más la variedad de pensamiento de la sociedad cubana en su totalidad y complejidad; al ser excluyente y discriminatorio; al condicionar el concepto de patria al de socialismo; al pretender legitimar inconsultamente el poder de una minoría privilegiada y espuria frente a las aspiraciones de democracia y progreso de amplios sectores de la población; al proponer un retorno al dogmatismo más virulento con la sobre-ideologización manipulada de las masas carentes de instituciones verdaderamente independientes y, por tanto, indefensas y desprovistas de derechos. ¿Estamos acaso ante una propuesta zombi para un pueblo zombi? La clase gobernante vuelve a hacer gala de su falta de imaginación y de voluntad política para favorecer la evolución natural de la sociedad y de los individuos. Hoy, gobierno y pueblo parecen igualmente fatigados, de manera que ante la ausencia de propuestas verdaderas que revivifiquen a Cuba, no parece quedar más que continuar velando el cadáver.

Fuente: Diario de Cuba

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