La Isla de los Eufemismos: Reactivación Económica.

Por Ernesto Morales.
Mi familia no hace mucho clausuró el negocio que durante los últimos diez años les dio de comer en Cuba. La causa: el nuevo plan de reactivación económica del país.Hace poco más de una década, uno de los míos con gran visión empresarial se convirtió en pionero de un negocio particular: la renta para extranjeros. Comenzaba el año 2000, y en la minúscula ciudad provincial donde residíamos, solo un par de temerarios le acompañaron en la novedosa empresa de destinar parte de su vivienda para alojar turistas. Nacía por aquellos tiempos, gateante, el que sería luego el negocio privado más “ambicioso” de la Cuba socialista: el arrendamiento en divisas.
Tímidas reformas primero, inversiones notables después, un número cada vez más creciente de hogares cubanos se mutiló metros cuadrados, sus miembros encogiéndose dentro como contorsionistas, y reservaron una o dos de sus habitaciones para que señores con mejillas rosa pasaran sus noches en ellas.

En los inicios, el Estado se mostró cauteloso. Permitió la actividad económica a regañadientes, como se acepta lo inevitable: como se aceptó la circulación del dólar para vetarlo después. Pero la permitió.
La suma inicial de los impuestos mensuales pareció desproporcionada a los arrendadores: 100 dólares por cada habitación activa. Desconocían aún que ese número crecería con el tiempo mucho, mucho más.
Porque los siempre bien informados inspectores de la Vivienda –el organismo rector de la actividad-, encargados de velar hasta el martirio porque unas reglas de hierro se cumplieran en aquellos hogares-negocios, se enteraron de algo inesperado: los dueños de las casas preparaban desayunos, cocinaban cenas criollas a sus huéspedes y se embolsaban apenas cinco, siete, diez dólares más de los consabidos.
Después de mucho reunirse y deliberar, el Olimpo burocrático habló: quien opte por ofrecer alimentos deberá declararlo oficialmente. Y pagar por ello 30 CUC más de fisco mensual. (Había nacido ya la era de los pesos convertibles: esos divertidos papelitos en colores).
Nadie en su sano juicio lo declaró. En los interiores de sus viviendas, las persianas cerradas, con la cautela del delincuente, los cubanos emprendedores preparaban sus jugos de naranja, sus tortillas de queso, sus tostadas; cocinaban su chilindrón de carnero y sus tostones.
Medida, contramedida, y respuesta: poco tiempo transcurrió hasta el nuevo decreto: ofrecieran o no alimentos, todos los propietarios de casas de alquiler abonarían cada mes 130 CUC por habitación al Estado. Y asunto resuelto.
Así transcurrieron algunos años. Quienes amueblaron y acondicionaron dos habitaciones sabían que llegar a 260 CUC mensuales sólo para sostener su patente, era obra de fe y caridad muchas veces.
Sin embargo, nuevamente el mapa del país se movió. El júbilo ingenuo de algunos sirvió de música para festejar la decisión: el General Presidente, con el sartén ahora por el mango, “descubría” que el país no aguantaba más, y había que reformar la economía nacional.
Reuniones y debates, propuestas y negativas, artículos de diario Granma y divertidos shows de Mesa Redonda: con la parsimonia de las grandes decisiones un buen día se les informó a los expectantes cubanos, que la economía por fin se sacudiría el moho.
La reactivación económica -¡Cuba y sus eternos eufemismos!- había echado a andar.
Recuerdo un sospechoso primer incidente que escuché por puro azar: a mi lado, un barbero de campo le comentaba a su interlocutor que en breve entregaría la patente de su “negocio”. Cortar el cabello en la remota comunidad de Mabay -donde una tarja deslucida recuerda que allí se construyó el primer soviet de América- se había vuelto inviable si para ello debía pagar impuestos de 200 pesos al mes.
Ante mí aparecía una primera víctima del primer experimento: la reactivación económica, que pondría las barberías estatales en manos particulares, acababa de subirle astronómicamente la patente a un fígaro que, a lo sumo, podía cobrar dos o tres pesos por cada corte.
Y como una avalancha incontenible el Estado cubano implementaba su reactivación económica con esfuerzos notables: subía todos los impuestos a todas las actividades económicas con que los cubanos mal subsistían.
Por eso mis familiares, con el dolor de quien echa tierra sobre algo parecido a una tradición, entregaron la patente que les permitía rentarles dos habitaciones, a puro pulmón, a sus clientes habituales tras una década en activo.
Cuando la escandalosa cifra de 200 pesos convertibles por cada habitación llegó hasta los oídos de los arrendadores, pensaron sería una broma de pésimo gusto. Después comprendieron: las medidas oficiales para “reactivar” la economía nacional, eran el truculento mecanismo conque un Estado abusador saquearía mejor los bolsillos de sus siervos.

Fuente: martinoticias.com

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