Carlos Saladrigas: negociando el futuro.

Por Iván García.
Si algo ha aprendido el empresario cubanoamericano Carlos Saladrigas, de 62 años, es pelear a la contra. Fue un Pedro Pan, uno de los 14 mil niños que abandonaron la Isla en los primeros años de la década de 1960. Llegó a Miami un 12 de agosto de 1961. Tenía 12 años y atrás había dejado a sus padres, en aquella polémica operación migratoria aupada por sectores de la burguesía y el clero cubanos.
Medio siglo después, Saladrigas es un hombre de éxito en el plano económico. Pero aún recuerda la etapa dura de su vida, cuando debido a la soledad y la tristeza pedaleaba frenéticamente en su bicicleta hasta la puerta de una pequeña iglesia y se sentaba en el último banco a llorar y rezar.
Ahora lo tiene todo. Casi. Familia, dinero y reconocimiento empresarial. Le falta su patria. Precisamente en nombre de Cuba, este hombre que peina canas sin complejo ha dado un vuelco sorpresivo a sus posiciones políticas.
Fue un tipo duro. Era del bando que pensaba que a los hermanos Castro, ni el agua. Pero después de 1998, cuando estuvo en contra —y lo logró— de que un crucero cargado de devotos partiera desde la Florida y los llevara a tomar parte en las homilías públicas que ese año ofreció en su histórica visita a Cuba el Papa Juan Pablo II, sufrió su metamorfosis personal.

Desde el 2003, apenas seis meses después de la fatídica Primavera Negra, Carlos Saladrigas, contra viento y marea, era capaz de soplar al oído de Bush hijo que no reforzara el embargo y mantuviera la cordura.
Ya para entonces era un visitante habitual y referente obligado en la Casa Blanca. Cuando un sector de cubanoamericanos conservadores apremiaba al expresidente Bush a que endureciera sus políticas hacia Fidel Castro, Saladrigas sacaba a relucir sus dotes diplomáticas y estrategias conciliadoras para que la administración de Estados Unidos no se dejase provocar por las chapuceras maniobras y represiones del régimen cubano.
Castro ha utilizado siempre la baza emocional. A una estupidez suya, el gobierno de Estados Unidos ha respondido históricamente con una mayor. El combustible político del comandante único ha sido precisamente la confrontación.
El viejo zorro de verde olivo sabe que dormir tranquilo y en paz con su enemigo número uno, es el principio del fin de su histórica revolución personal y marxista, fabricada a 90 millas de los gringos. Por eso siempre está en plan de buscapleitos. Mientras la propaganda oficial pide el fin del anacrónico embargo, en el momento justo de cada posible diálogo o mejora de las relaciones bilaterales, Castro crea un conflicto o sobredimensiona cualquier acción de sus opositores.
Si alguien, en lo más hondo de su alma, está a favor del embargo, ese es precisamente Fidel Castro.
Saladrigas, por su parte, ha comprendido que en este pulso político es mejor no dejarse llevar por las emociones.
En 2011, año duro para la oposición interna cubana, donde ha habido una nueva vuelta de tuerca represiva contra los disidentes, aumento de la violencia física y polarización del odio, Carlos Saladrigas sigue haciendo hincapié en su discurso apaciguador.
Evidentemente, en su visita a la Isla de mayo pasado, la entrevista concedida a una publicación de la iglesia católica y sus propuestas de diálogo no cayeron en saco roto.
Fidel Castro, en una de sus reflexiones, ironizó sobre las propuestas del empresario con una frase: ¡Que barato nos quiere comprar Saladrigas!
Pero dentro de un sector gubernamental, ya sea entre los talibanes o los reformistas, corporaciones militares o académicas, al estilo de Jesús Arboleya, Ramón de la Cruz Ochoa o Pedro Campos, el discurso del empresario es un mensaje de ida y vuelta. Y tiene varias lecturas.
La principal es que pone al régimen a la defensiva. Uno puede estar de acuerdo o no con las propuestas de Saladrigas, pero todos los cubanos, de dentro o de fuera, reconocen que el país pide cambios estructurales a fondo. Y urgentes.
La mayoría de los cubanos estamos cansados de muchas cosas. Desde el embargo o las prohibiciones absurdas del régimen en lo tocante a los asuntos migratorios, pasando por la futura participación de cubanoamericanos en empresas mixtas, hasta el ninguneo y el maltrato verbal y físico contra la oposición pacífica.
Saladrigas lleva meses lanzando sus propuestas desde cualquier tribuna. En La Habana, oficialmente, le han dado la callada por respuesta.
Raúl Castro, mientras tanto, hace ver que sus reformas son para sacar del naufragio a la economía local. Pero —sus asesores deben saberlo— Cuba necesita algo más. Los trabajos por cuenta propia, ya sea vendiendo algodones de azúcar, pan con mayonesa o desmochando palmas, son opciones de servicios que jamás dispararán la productividad que la nación necesita. Esos oficios son necesarios, bien, pero para salir del bache provocado por los hermanos de Birán, se necesita un proyecto de nación más ambicioso. Y ahí, puede que Raúl Castro y Carlos Saladrigas tengan algo en común.
Ambos han reconocido que sus estrategias no funcionaban. Y han realizados cambios sobre la marcha. Castro II todavía cree posible que con medidas de carácter “socialista” se salva la revolución. Saladrigas vive convencido de que con monólogos y descalificaciones no se llega a ningún lado.
De lo que se trata es de que los prejuicios y la soberbia del régimen no refrenen un diálogo entre todos los cubanos. Llámense como se llamen y tengan la filiación política que tengan.
Pero a pesar de sus buenas intenciones, muchos desconfían de Carlos Saladrigas. Y no solo dentro de la cúpula del poder. Hay un ala de la oposición que piensa que la jugada maestra de Saladrigas es entrar en el pastel de los negocios, soslayando las continuas violaciones a los derechos humanos por parte del gobierno.
Decía el florentino Nicolás Maquiavelo que “sólo se percibe lo que uno aparenta, pocos ven lo que uno es”. Pero la ruinosa economía cubana no está para enredarse en desconfianzas y cálculos taimados. Si Saladrigas tiene otros propósitos, estos ya se sabrán con el tiempo.
Todos, de una forma u otra, tenemos la culpa del statu quo. Ya sea aplaudiendo a un tramposo, como formando parte del juego de espejos montado por el régimen. Debemos y podemos romper la inercia. Por Cuba y su futuro. Nuestros nietos no nos perdonarán el ego y la estupidez de dejar una nación al pairo por creencias ideológicas, ambiciones de poder o criterios políticos.
Gente como el empresario Carlos Saladrigas intenta crear un ambiente propicio para el diálogo. Hace rato que esperamos que Raúl Castro diga lo suyo. Y que juegue al duro. Basta de calentar el brazo con reformas superficiales. Si Cuba se hunde en el caos, todos seremos víctimas. Nadie lo desea. Y el tiempo no sobra.

Fuente: Diario de Cuba

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