Unos van delante y otros detrás.

Por René Gómez Manzano.
Son conocidos los casos de dictadores y tiranos que, tras regir de manera omnímoda, han pasado del poder al cementerio o la cárcel. Desde los años cuarenta del pasado siglo son numerosos los personajes famosos cuyo dominio se ha eclipsado de manera abrupta y humillante para ellos, aunque reconfortante para los demás. Adolfo Hitler terminó suicidándose, y sus más cercanos colaboradores murieron en el transcurso de un año. Benito Mussolini acabó colgado de los pies en la Plaza de la Catedral de Milán, junto a una víctima de la pasión, su amante Clara Petacci, que no merecía compartir ese destino.
Décadas después, el rumano Nicolae Ceaucescu fue juzgado por un tribunal militar, condenado y ajusticiado apenas horas después de alcanzar lo que parecía la cúspide de su poder: una multitudinaria manifestación de súbditos acoquinados, la cual, en menos de un minuto, se transformó en un mitin de unánime rechazo a su feroz tiranía.

El panameño Manuel Antonio Noriega, gorila de poca monta con ínfulas de líder mundial, lleva más de veinte años en un recorrido por cárceles de distintos países, el cual no parece tener para cuando acabar. Algo parecido, aunque por menos tiempo, pudo decirse del genocida serbio Slobodan Milosevic mientras permaneció con vida.
En esta galería de esperpentos no podía faltar el tirano iraquí Saddam Hussein, que tras engullirse un país independiente y próspero, prometer librar “la madre de todas las batallas” y sufrir varias derrotas ignominiosas, se escondió en una cueva armado con una pistola que prefirió no utilizar. Acabó ahorcado tras un juicio en el que se le probaron innumerables crímenes.
Y ahora tenemos el caso del sátrapa libio Muammar El Gaddafi, quien sin título oficial alguno encabezaba el régimen de matanza y horror felizmente desterrado ahora del país norafricano. Según informaciones de la prensa, fue aprehendido y ultimado después por sus captores. Habría sido preferible mantenerlo con vida, no sólo para evitar violaciones de la ley y ahorrarnos el espectáculo grotesco de oír hablar de “asesinato”, llenándose la boca, a los mismos locutores gobiernistas de Cuba y Venezuela que jamás han calificado de ese modo las masacres espantosas perpetradas por el personaje, a quien consideraban su aliado.
También —y sobre todo— habría convenido que quedara vivo para que respondiese de sus incontables fechorías en un juicio público ante el Tribunal Penal Internacional. Esto habría permitido que la opinión pública mundial recordase los pormenores de matanzas pavorosas ordenadas por él, como la de cientos de inocentes pasajeros de un avión que volaba sobre Escocia, la de veintenas de parroquianos en una discoteca berlinesa y la de decenas de opositores encarcelados que fueron exterminados a raíz de producirse la reciente sublevación nacional.
Causa asombro la contumacia con que personajes como ésos se niegan a avenirse a posibles soluciones incruentas. Noriega, por ejemplo, fue exhortado en vano durante meses para que cediera el poder a Don Guillermo Endara, el presidente escogido por los panameños en elecciones democráticas, y se marchase a disfrutar en otro país sus millones mal habidos.
Algo parecido puede decirse de los demás abusadores de ese tipo. Esto es de lamentar, y no por el destino de esos personajes, que nada han hecho para merecer la piedad cristiana (o musulmana, o budista, o lo que sea), sino por las innumerables desgracias que su aferramiento al mando supremo ocasiona a sus sufridos pueblos.
En el ínterin, otros tiranos de igual jaez están en cola para enfrentar el juicio de la historia, pero todos, ensoberbecidos con el despotismo que aún ejercen, se consideran inmunes al odio de sus pueblos, y se aferran a sus poltronas con ferocidad de bulldogs. Organizan, en honor de sí mismos, grandes mítines parecidísimos al de Ceaucescu.
En turno están el sirio Bachar El Assad, hijito de papá que no ha vacilado en masacrar a miles de sus compatriotas, y los ayatolas de la teocracia iraní, incluyendo a Mahmud Ahmadineyad, mantenido en la presidencia mediante un escandaloso pucherazo. Otros siguen en la cola, pero por el momento no están claros sus nombres.
Todos coinciden en considerarse imprescindibles; manifiestan una notable solidaridad entre sí, y piensan que sólo la muerte natural hará que salgan del poder. Allá ellos. Eso mismo pensaba Gaddafi.

Fuente: Cubanet

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