Intelectuales filotiránicos cubanos.

Por José Prats Sariol.
Formulado con sencillez polémica: todos tenemos un poco de tendencia hacia el filotiranismo, algo de arrogancia y haraganería. También de oportunismo, más alguna herencia de siervos de la gleba. La diferencia —como la vio Albert Camus y la caracteriza, entre otros, Mark Lilla— es de proporción. Fundamentalmente, de actuación frente a los poderes y los clichés de cualquier tipo, sean sistemas, leyes o cánones, prejuicios, costumbres o dictadores.
El virus filotiránico sólo crece en terrenos fértiles: países donde el estado de derecho, la sociedad civil y el respeto a los derechos humanos, son por lo menos volubles, frágiles, que han estallado a causa de ideologías cerradas (el comunismo en Rusia o China, el fascismo en Italia), guerras civiles (la España de Franco), crisis económicas (la Alemania nazi tras la república de Weimar), dictaduras (la Cuba de Batista), caciques sentados sobre la corrupción y la venalidad republicanas (Venezuela hoy), fundamentalismos religiosos (Irán). Con un dato curioso: no depende de la cultura del individuo, pertenece más al mundo sensorial, de afectos y pasiones.

En países como los Estados Unidos y España —donde se encuentra la mayoría de los exiliados cubanos— los escasos intelectuales filotiránicos tienen poco que hacer, salvo el ridículo. Aunque todavía entorpecen las ansias de una transición pacífica en nuestro desolado país, porque la confrontación fanática es precisamente lo que los Castro promueven, hasta sembrando agentes.
La filotiranía implica ser acrítico, para simplificar con una frontera diáfana. Lo que explica el axioma —por lo menos desde Aristóteles— de que la psique suele cruzar ese borde con frecuencia. Pero una definición más restringida, política, agrupa a aquellas personas fanáticas de un caudillo o de una ideología sectaria, agresiva contra los disidentes y diferentes.
Porque si algo pone a temblar —de miedo o rabia, da igual— al filotiránico extremo, es la posibilidad de discusión. La duda le es tan ajena —aunque no se dé cuenta— como la noción dialéctica de “fenómeno”, de asedios a la verdad desde distintos ángulos.
¿Cómo caracterizarlos, con los matices imprescindibles? ¿Cuáles sobrevivirán al inexorable fin del Poder absolutista y represivo en Cuba? ¿Qué y quiénes los apoyan?
Por supuesto que lo más fácil es deslindar a los filotiránicos que han tenido el “privilegio” (sic) de Fidel Castro y su caudillismo leninista. Aunque resulta muy arduo distinguir entre ellos hasta dónde llega o dónde termina el oportunismo. En otras palabras: separar la fanática adhesión a un líder o credo, del goce cotidiano —tan rutinario que casi se les hace imperceptible— de los privilegios en un Estado totalitarista. Dueño de vidas: alimentos para el ego, como salir en los medios (TV, radio, prensa escrita…); recibir medallas, diplomas, homenajes, reediciones, festivales con su nombre… Y sobre todo de haciendas: estipendios mensuales en CUC, acceso a hospitales para la élite, derechos de autor, premios en metálico, viajes, vacaciones de pagos simbólicos y un etcétera anchísimo y para nada ajeno, que linda con la condición de mercenarios.
La filosofía —mucho antes del raciovitalismo, inclusive antes de Sócrates-Platón— ha convertido en tópico la evidencia: es más fácil tener creencias que sustentar ideas. Ir de la fe religiosa a la fe seglar. De ahí que abunden más los intelectuales filotiránicos que mantienen o han tenido alguna fe religiosa, católica entre los cubanos. Añádase algo de masoquismo —a veces sádico—, de placer en cumplir órdenes. Ser soldado, nunca oficial. Gustarle los “aguijones” y no hacer intentos por extraerlos —como analizara magistralmente Elías Canetti en Masa y poder, lectura a propiciar en los estudios humanísticos de las universidades cubanas.
La mayoría de ellos están saturados de arrogancia y haraganería… Quizás muchos padezcan de baja autoestima. Los peores, por supuesto, ni cuentan se dan de la enfermedad que sufren, que los vuelve inermes ante caudillos taimados o ideologías “dueñas” de la “verdad”.
Para la arrogancia sugiero leer las Memorias de Albert Speer, el arquitecto de Hitler. La astucia de los dictadores para conquistar a los intelectuales mediante alabanzas, queda allí muy bien retratada. Sobre todo las debilidades del ser humano, siempre propenso a necesitar afirmaciones, reconocimientos, que luego convierten en ejercicio de su “podercito”, en “capital simbólico”: vanidades. Aunque algunos más que otros, precisamente los que suelen caer en las redes de los obsequiosos, como Speer.
La haraganería es más burda: muchos artistas, escritores y profesionales prefieren dejar que otros decidan por ellos en cuestiones políticas. También para no cargar con la culpa, en caso de equivocación. Prefieren aferrarse a catecismos ideológicos o a un líder carismático porque les ahorra tiempo, energía, dolores de cabeza, cargos de conciencia.
Y optan con carácter definitivo, por miedo al cambio. Si en los primeros años de la revolución la mayoría de los intelectuales cubanos apoyaron al líder y los cambios, bajo un mesianismo fatalmente ingenuo, muy pronto se vacunaron contra el virus filotiránico que padecían. Lo deplorable es ver que en el 2011 aún quedan enfermos, algunos que hasta creen gozar de buena salud mental.
En sus Meditaciones del Quijote José Ortega y Gasset advierte: “Yo desconfío del amor de un hombre a su amigo o a su bandera cuando no le veo esforzarse en comprender al enemigo o a la bandera hostil (…) Toda ética que ordene la reclusión perpetua de nuestro albedrío dentro de un sistema cerrado de valoraciones es ipso facto perversa”. La perversidad de los intelectuales filotiránicos cubanos que todavía apoyan a los Castro, por lo menos merece nuestra repulsión. Los del exilio —en el otro extremo— nuestra desconfianza ante una visión sin matices, por cierto paradójica.
El tema, sin embargo, va más allá de la polarización política para pensar en la Cuba poscastrista, cuando los filotiránicos muden o muten, cuando sean menos dañinos tras la feliz desaparición del exilio. Entonces las experiencias de hoy quizás ayuden a meterlos en otra Feria de las vanidades tan victoriana y mordaz como la novela de William Makepeace Thackeray. Se prestarán, indudablemente, para la burla.

Fuente: Diario de Cuba

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