El mensaje de las Damas de Blanco.

Por Haroldo Dilla Alfonso.
Las Damas de Blanco han andado siempre acompañadas de la tragedia.
Aun cuando han obtenido victorias —que han sido muchas e inéditas— lo han hecho en medio de la más burda represión, de la agresión física, de la difamación de los esbirros de la pluma, y lo que es más trágico, del silencio —cómplice o temeroso— de quienes no lo son. Han sido trágicas porque con su andar por las calles de La Habana, hubiera dicho Kant, han excitado el sentimiento de lo sublime, como nadie lo hacía en muchas décadas. Y ahora, un ahora particularmente trágico, han perdido a Laura Pollán, una líder indiscutible y necesaria, tanto como lo son los líderes en los primeros momentos en que organizaciones y movimientos se asoman al ruedo político.
Y la muerte de Pollán ocurre, además, en un momento en que las Damas de Blanco redefinían su lugar en el escenario político cubano. El dilema es conocido: liberados los presos políticos, incluyendo todos los familiares de las Damas de Blanco, deja de existir la razón original del movimiento, e incluso finiquita el acuerdo de tolerancia a que llegaron la jerarquía católica y el Gobierno de Raúl Castro.

Ello plantea el problema de la redefinición de objetivos, que por el momento siguen centrados en la liberación de presos políticos. Que ya son pocos y que en la mayor parte de los casos tienen en contra expedientes más controversiales que los excarcelados a principios de este año. O fijando la atención en las detenciones de activistas, pero estas son por breves períodos, e intermitentes. Una práctica aborrecible pero que difícilmente moviliza voluntades en el largo plazo.
Ante esto, han surgido muchas posiciones acerca de qué deben hacer estas valientes mujeres. En los extremos, desde los tabernáculos del Gobierno, se exige la desmovilización argumentando que ya éste cumplió su parte, como si la vergüenza pudiera ser saldada contractualmente. En el otro extremo se ubican quienes piden una mayor politización del movimiento, abarcando otros temas y acercándolas por esta vía a los grupos disidentes tradicionales.
Obviamente yo no me atrevo a sugerir —desde mi cómoda vida en el exilio— qué deben hacer las Damas de Blanco. Sería una pedantería política y un desliz moral. Solo me atrevo a decir, como un modesto analista, por qué han hecho las cosas tan bien, y cómo podrían seguir haciéndolo usando los mismos temas y recursos que hasta el momento han usado. Y, por supuesto, sin más pretensiones que ser parte de un debate que ya tiene lugar sobre el rol y los derroteros de la oposición organizada en Cuba.
Yo creo que hay tres rasgos que han marcado la fortaleza y la originalidad de las Damas de Blanco.
El primero de estos rasgos ha sido la modestia de sus integrantes. Nunca buscaron cámaras, ni adoptaron poses comerciales cuando las cámaras llegaron por sí mismas. Jamás se consideraron piezas morales inmaculadas de la política. No hubo en ellas misticismo, ni aceptaron comparaciones con próceres. Las imágenes que tenemos de ellas son las de una fila de mujeres que marchan con flores por un camino que ellas conocen; o las de esas mismas mujeres atropelladas por turbas de esbirros, con los rostros contraídos por la rabia y el dolor. Excepto dos o tres integrantes designadas para ello, casi ninguna hablaba. Solo cantaban a la libertad cuando marchaban. Y aunque lo hacían casi susurrando, el mundo entero las oyó.
El segundo rasgo imbatible fue la concreción de sus demandas: la libertad de sus familiares y de otros presos por razones políticas. Al lado de una oposición acostumbrada a grandes proclamas, llamados de unidad y programas de cambio total, esta parquedad debió parecer un signo de pocas ambiciones. Pero fue en verdad un ejemplo de cómo hacer buena política —la que se hace para ganar y no solo para testimoniar— frente a un Estado totalitario como el cubano. Y de hecho fueron el único grupo que obligó al Estado cubano a ceder, aun cuando el Gobierno lo haya hecho mediante una maniobra deplorable, con el auxilio —no evalúo ahora las intenciones— del Gobierno español y de la jerarquía católica.
Y finalmente, las Damas de Blanco basaron su fuerza en sus propias fragilidades. Reprimir mujeres, muchas de ellas llegando a la tercera edad, que luchan por sus familias, implicaba un costo ético demasiado alto para los agentes represivos y los voceros del Gobierno. Y aunque en el Gobierno cubano nunca han faltado sicarios dispuestos a todo, hasta en los peores momentos la impudicia tiene un límite.
Francamente creo que imaginar a las Damas de Blanco leyendo proclamas sobre elecciones y multipartidismo, es desvirtuarlas y condenarlas al vacío político. Pedírselo es insensato y desconsiderado. Prefiero imaginarlas recuperando sus puntos fuertes en un camino tan sensible y humano como el de las poblaciones penales, campo en el que Cuba se ubica en un triste alto sitial a nivel mundial.
La población penal cubana es muy alta. En 2004 una agencia independiente calculaba unos 297 presos por 100 mil habitantes, lo que la sitúa en un club de tres dígitos que encabezan Estados Unidos y Rusia. Y hubiera totalizado algo así como 35 mil presos. Otra fuente, el británico International Centre for Prisons Studies declaraba que en 2006 había 487 presos por 100 mil habitantes, para algo así como 55 mil reclusos. Otras fuentes, de menos crédito, hablan de 100 mil prisioneros, es decir casi un 1 % de la población.
Debido a que la Isla no permite inspecciones libres y objetivas, y a que no hay prensa que indague, solo podemos acercarnos a la situación carcelaria por los relatos de los afectados. Pero aun si redujéramos la carga crítica de estos relatos —asumiendo que siempre llevan consigo el resentimiento obvio del castigado— todavía nos queda un cuadro espantoso de mala alimentación, hacinamientos, deficiente atención médica, castigos físicos, corrupción y abusos de todo género. Muchas veces ejercido contra personas, recordémoslo, que no tuvieron a su favor procesos penales limpios y justos.
Si las Damas de Blanco en esta nueva coyuntura fuesen capaces de canalizar las demandas a favor de la despenalización, de una justicia transparente accesible a todos y de un sistema carcelario más humano —todo lo cual es imprescindible para bajar del infame club de los tres dígitos— creo que no solo harían un aporte superior a la sociedad cubana, sino que volverían a obligar al Gobierno cubano a reconsiderar sus aprestos represivos. Y a sus antiguos y muy cuidadosos aliados, a acortar las distancias.
Pero sobre todo pensemos en lo que significaría enrolar, al menos a una parte de las decenas de miles de familias que tienen integrantes presos en esta cruzada por una Cuba mejor. Lo que significaría, tanto por su impacto político al interior de Cuba, como por su impacto en la socialización de nuevos valores solidarios en función de la dignidad de los cubanos y las cubanas.
De cualquier manera, y no importa cuál sea el derrotero futuro de las Damas de Blanco, siempre habrá un espacio para ellas en la vida. Y en particular para la indefectible Laura Pollán. A todos y todas, nos mostraron un horizonte superior, criterio, decía Martí, de la verdadera grandeza.
Aprovecho la oportunidad de este artículo para testimoniar mi respeto y admiración hacia ellas.

Fuente: Cubaencuentro

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