Decisión ratificada.

Por Jorge Olivera Castillo
Recuerdo la atónita mirada de los dos funcionarios del Ministerio del Interior. Apenas pudieron disimular su asombro, ante la devolución del documento que me autorizaba a salir definitivamente de Cuba. Quizás pensaron en una sonrisa de satisfacción o en algunos de los gestos que suelen aparecer tras recibir una buena noticia.
No podían imaginar mi determinación de permanecer en Cuba, una postura incomprensible para los militares del Ministerio de Inmigración y Extranjería, habituados a los ruegos y las desesperadas indagaciones de cientos de clientes, ante las demoras injustificadas y negaciones de oscuros asideros legales.

Salir del país, independientemente de las causas, es desandar por un camino marcado por la angustia. La zozobra ante el dilema de ser autorizado o no, es un carga pesada para el solicitante. Es imposible adivinar cuánto tardará el fallo de la junta que facilita, dilata o impide el viaje al extranjero.
Frente a la arbitrariedad, no faltan quienes acuden a los servicios de espiritistas y santeros con el propósito de agilizar los procedimientos burocráticos y sobre todo ampliar los márgenes de una respuesta positiva, por medio de rituales esotéricos que al menos evitan la total extinción de la esperanza.
Incluso los ateos recurren a estas consultas. “Hay que probar todas las opciones. Nunca he creído en las religiones, pero va y da resultado. Lo importante es que me den cuanto antes la tarjeta blanca”, alegaba un vecino que obtuvo, la pasada semana, una visa temporal para visitar a un hermano residente en Estados Unidos desde hace 15 años.
No sé como pudiera justificarse la existencia de este tipo de regulación, sin llegar a ser cínico o mentecato. ¿Cuál es el motivo para mantener una normativa que es la réplica de una cárcel a escala nacional?
Es humillante que un derecho universal permanezca bajo el control de una claque de burócratas que extorsionan a los potenciales viajeros y enajenan los sentimientos de miles de seres humanos.
Aparte de monopolizar las decisiones, se imponen precios estratosféricos para cada servicio. Salir fuera de Cuba es una odisea que requiere elevadas dosis de paciencia sino se quiere terminar en la consulta del psiquiatra.
Pienso que la mayoría de los cubanos que han tenido que acudir a las dependencias migratorias, nunca serán los mismos, salvo que sean deportistas laureados o integrantes de algunas de las misiones, médicas o pedagógicas, organizadas por el gobierno para “ayudar” a países del Tercer Mundo.
Viajar a un importante evento deportivo o a otras funciones aprobadas al máximo nivel, es fácil. Hacerlo fuera de estos límites, es un calvario.
A poco más de un año de mi negativa a salir de Cuba definitivamente, vuelvo a ratificar mi decisión.
El 12 de octubre del 2010 opté por quedarme donde nací. Si salgo es con la garantía del retorno. De lo contrario continuaré conociendo el mundo por las fotografías y los libros.
Lo prefiero antes que tener que imaginar a Cuba desde otras orillas.
Dicen que la nostalgia no tiene antídotos. Por eso me quedo. Aquí permanezco a salvo de ese virus implacable.

Fuente: Cubaencuentro

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